Credit photo: Yves Herman / Reuters

El incendio que conmocionó Europa

Hace ya cuatro meses del incendio más mediático de este año, el que se produjo en la catedral de Notre Dame. El fuego provocó el desplome de la cubierta del templo gótico y su aguja; debido a los desperfectos hicieron falta dos meses para que se volviera a celebrar una eucaristía y mantener así la catedral viva.

En esta columna, publicada en el Diario Alto Aragón, Ildefonso García-Serena hacía una reflexión sobre los momentos vividos por todos los europeos durante el grave incendio:

El día que ardió Notre Dame

En las próximas décadas, una vez que todos los recuerdos se hayan difuminado, muchos evocaremos el preciso momento de la tragedia, dónde estábamos y qué hacíamos cuando las imágenes del incendió irrumpieron en nuestra retina, un lunes cualquiera de la brillante y siempre literaria primavera parisina. No es fácil explicar, sin embargo, por qué razón millones de personas lloramos, sorprendidos de nuestra propia emoción, impetuosa, espontánea, inusual incluso, acostumbrados nuestros ojos a contemplar con demasiada frecuencia catástrofes inmensas.

No hubo víctimas humanas y no era menor sin embargo nuestro sentimiento de pérdida, de aflicción, tal vez porque las víctimas éramos todos y cada uno de nosotros, próximos o muy lejanos, parisinos o no, creyentes o ateos. Nos resulta en un primer momento incomprensible ese rebato a nuestra conciencia, ese agudo sentimiento de pérdida. Una reflexión posterior nos conduce a la idea de que algunos lugares poseen algo más importante que su valor patrimonial, histórico o artístico. Hay mucho de trasferencia vital de nuestro yo hacia esos lugares que de alguna manera consideramos grandes, pero no por todo lo que son, sino por lo que representan para todos. Notre Dame es mucho más que la catedral de Paris, el gótico más primitivo, la quintaesencia de la urbe nacida en las orillas del Sena, en el mismo corazón de tierra rodeada del río de la Ciudad Luz. Era y es mucho más que un inmenso depósito de obras de arte, un compendio de misterios literarios y de reliquias. Era y es también el escenario de momentos estelares de la historia de Europa, trágica y sangrienta y a pesar de todo, crisol único de convivencia. Para la ciudadanía del mundo, un símbolo de la nación que alumbró la revolución de las libertades. Para los europeos, la capital de la Cultura. Para Francia, todo ello y su símbolo más antiguo y querido. Para los parisinos, casi todo. Y ahora la nostalgia. Hay otra razón. Tal vez ese día que ardió Notre Dame nos sentimos de verdad europeos por primera vez. Lo éramos un tanto sin saberlo y comprendimos ese lunes de abril que habíamos perdido algo más importante que una valiosa joya y un recuerdo, tal vez mucho más que una postal de juventud. Y que merecía llorar por la catedral de Víctor Hugo, en la esperanza de reconstruirla entre todas las naciones de Europa. Es necesario resucitarla de sus escombros. Notre Dame es más que un símbolo religioso o de las artes: puede renacer como la representación mas genuina de una Europa definitivamente unida, libre, democrática y solidaria. 

Imagen destacada: Credit photo: Yves Herman / Reuters

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