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Javier García Antón presenta «El Hijo del Doctor»

Presentación de EL HIJO DEL DOCTOR

por Javier García Antón, director del DIARIO DEL ALTO ARAGÓN

 

El compás genómico de Carlos López Otín: en el norte, tras los Pirineos se situaba la curiosidad por entender el mundo, por eso de niño ya buscaba las ventanas para poder ir con la mirada; el sur de la aguja magnética señalaba el placer de disfrutar de la vida cotidiana; en el Este aparecía la tenacidad aragonesa para perseguir lo que sea; por último, al oeste se encontraba el afán de contribuir a construir un entorno social más justo.

El autor recibió de su familia un compás genómico que, metafóricamente, pueda coincidir con las ansias de libertad, los deseos de saber, los anhelos de disfrutar de los placeres, la tenacidad y la conciencia social. Eso sí, arrancando por partida de nacimiento en Buenos Aires y realizando un viaje inverso en el tiempo y en el espacio hacia Aragón, desde la Argentina moderna pedaleando por distintas etapas en el vasto país hasta su tierra de origen, esa España hoy despoblada y otrora sencilla, humilde y limitada, ignorante –todavía- de las guerras, los destierros, los desarraigos y las aventuras vitales que han zarandeado su ser existencial.

Ildefonso García-Serena quiere hablar de su libro. Como Umbral, pero con una pequeña diferencia: su libro profesional está repleto de satisfacciones. Ha ganado lo que tenía que ganar y ha quemado todas las vanidades que caben en la hoguera de un publicista, tan sólo comparable en su dimensión a la de un periodista. Como se atribuye a Lao Tse, un erudito que atesora el amor a la comodidad no es apto para ser considerado un erudito.

La pregunta tras el desenlace encuentra su respuesta en la génesis, en la nota previa del autor: este relato es un tributo a aquellas personas que vivieron con dolor y dignidad la emigración europea en unos tiempos tan difíciles como olvidados, y a los millones de emigrantes y refugiados que la continúan sufriendo, aún peor, en el siglo XXI. Los hechos esenciales de la novela sucedieron en la realidad, pero las situaciones, personajes y nombres corresponden al ámbito estricto de la ficción.

El Hijo del Doctor es una historia mil veces mil repetida, una saga familiar que vivió la placidez de los pueblos, las aspiraciones de prosperar en la ciudad, el conflicto fratricida, la emigración y el exilio. Caminar, progresar sin temor a la oscuridad: “Hijo, entre día y noche no hay pared. Adelántate, que ya te alcanzo”. No en vano, una cita en la presentación de la primera parte desvela las intenciones abiertas del autor: “Roma no está en Roma, está toda entera donde yo estoy”. Corneille.

Sus vidas, sus avatares, sus vicisitudes, sus profundidades y pequeñas miserias hubieron de existir. Picotas, Cristaldi , Gianfranco, Schmidt- Vogel, el capitán Darneau, Flor Coronel , son personajes “necesarios” para la argamasa narrativa. Y casi al mismo nivel que los ya conocidos como el pintor Baixeras, Azaña, el arquitecto Thais, Evita, etcétera, parte de la Historia que todos conocemos.

La interpretación de una novela. Tàpies

En esencia, esta narración sobre emigrantes y exiliados trata de unas vidas duras, soportables por una cadena de lealtades: a los orígenes, a la amistad, a las ideas y sobre todo, a los principios.

No son héroes, son supervivientes. De hecho, en el relato se destila una diferenciación entre los héroes y los valientes, éstos con la incidencia de crear realidades y situaciones con las que favorecer el desarrollo de todos.

Dentro de la interpretación libérrima que enriquece cualquier obra literaria o de arte, existe un paraje en el que me parece interesante detenerse para explicar el meollo conceptual de esta compleja novela: “La historia de las personas, querida Porota, viaja por caminos que parecen nuevos, pero que son los mismos y ahora se vuelven a cruzar; otras veces ya no los puedes ver, han desaparecido bajo el polvo, aunque siempre estarán ahí para quien quiera caminarlos de nuevo…”

Una necesidad vital la del reencuentro, tanto como la del despliegue de las alas para volar, ora por necesidad, ora por convicción. “Los emigrantes añoramos el solar de nuestros ancestros. Pero descubrí que la verdadera causa de nuestro dolor no está en el hecho físico del destierro, sino en algo que nos resulta insoportable: la idea del imposible regreso”. Tango y jota. Cantos tristes y aspiraciones idílicas. Volver, con la frente marchita.

El universo, las peripecias más enrevesadas, las vicisitudes críticas, los paisajes idílicos como el río Martín, Campo, Ansó, o tantos y tantos, se describen con precisión quirúrgica. Quizás publicitaria. No es que la vida del bisabuelo Román Muñiz se explique con la búsqueda en Argentina del sueldo de toda una vida de Nescafé, ni que el Frenadol salvó la vida del joven doctor atacado por la epidemia más demoledora en la que se vio sumida la Zaragoza. La pulcritud de la que puede presumir Ildefonso García-Serena se despoja de todos los artificios, aunque no es ayuna de recursos. Es el síndrome del spot de los 20 segundos. O no.

No significa, empero, que no extraiga el alma de personajes fundamentales, la reciedumbre de Edelvira, asignable a la tozudez aragonesa… y algo más, el idealismo de Mariano Garcés, los anhelos de destripar 110 años de una leyenda de Leo; y el papel de los aparentemente secundarios, la dulce mucama Flor Coronel, un alemán con picaresca –rara avis- como Schmidt-Vogel, la raza del sargento Obiols “el Picotas”, la bonhomía de Cristaldi o del capitán Darneau, incluso la fiereza de Gianfranco. Tiene su punto, en este sentido y el de la claridad descriptiva, cinematográfico. Todo se andará.

Un aviso a navegantes. Quizás las escasas y escuetas escenas de sexo de El Hijo del Doctor hayan resultado tan sugerentes que alguien se haya visto seducido. Pero no esperen imaginar Emmanuel la antivirgen ni el último tango en París, porque se reducen a dos reales con un punto de inocencia.

Al final, en la pluma de Ildefonso García-Serena, el protagonista ávido de arraigarse a la raíz para conocer la sucesión de acontecimientos que deriva en la realidad coetánea, halla la razón de ser de todo, “la cadena invisible que le conectaba con el pasado, a la que había estado unido sin saberlo, los lazos que le guiaron hasta el descubrimiento de un cofre de energía: las lealtades desconocidas, ignoradas, sin retorno, que se sucedieron a lo largo de los años y que, a pesar de ello, seguían emitiendo su luz. Tan magnífica y poderosa era su estela, que seguía brillando como una constelación en el tiempo infinito. Era una cadena que todo lo abarcaba y que se extendía durante generaciones, negándose al olvido. Esas lealtades iban más allá del ser de sus protagonistas y sus circunstancias, la tierra conquistada, el viejo océano. Algunas, ungidas por el amor, o la amistad, o la generosidad, o el sacrificio, no necesitarían su retorno a la luz, ser reconocidas por la historia o la memoria. Sin embargo, seguirían existiendo siempre a la espera de un nuevo viaje y un último viajero”.

Y Leo espeta a su amigo Cuco, que en Plan, otro de los topónimos del libro, llamarían un tión, pero este en mallorquín: “Quizás tú, que entiendes de pájaros, les puedas preguntar qué sienten ellos cuando, aunque conserven las alas, se dan cuenta de que no necesitan regresar”.

No devoren El Hijo del Doctor. Paladéenlo. Despacito. Que les aproveche.

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