Joaquín Costa

Joaquín Costa, el León de Graus

Hace unos años, Ildefonso García-Serena publicaba unas memorias en La Vanguardia sobre Joaquín Costa, un gran intelectual natural de Huesca que ejerció de historiador, economista, político y jurista hasta su muerte en 1911.  Apodado el León de Graus, fue querido por muchos y difamado por otros. Su opinión no dejaba a nadie indiferente. Su relevancia merece más de una mención en El Hijo del doctor…

Joaquín Costa y el 98

Sobre Joaquín Costa es difícil concluir qué resulta más asombroso: si su inmensa obra como ensayista y político o su propia vida, tan llena de extremos. Toda ella fue una lucha contra dos miserias, la suya propia, material, y la de España, que había de dolerle más. Le quedará todavía su peor enemigo: una salud muy frágil en un cuerpo de gigante que apenas puede caminar a consecuencia de una artrosis progresiva que habría de endurecer su carácter.

 

Retrato de Joaquín Costa de 1913, obra de Victoriano Balasanz

 

Joaquín Costa había nacido labrador en Monzón y después de los 17 años se hizo albañil para sufragar sus estudios de bachiller en Huesca. A duras penas conseguía dinero para atender sus necesidades y comprar los libros de texto que devoraba: ciencia, geografía, filosofía, arte, historia. Deseando viajar, consigue una beca como albañil en la Exposición Universal de París. Allí descubriremos al primer Costa regeneracionista que, indignado, escribe en su diario: “La gente de la Exposición —alude a los españoles— son unos granujas… ¡se beben el vino de los expositores!”.

De regreso a España estudia Derecho en la Universidad de Madrid sosteniendo su precaria economía con trabajos de periodista, profesor y traductor. En este ambiente es natural que Costa no pudiera ser otra cosa que un regeneracionista y que pidiera a gritos, sin concesiones, una patria en la que las prioridades fuesen la Despensa y la Escuela.

Doctorado dos veces —en Derecho y en Filosofía y Letras—, sigue sufriendo el hambre y el frío. Mientras tanto escribe su monumental obra “Derecho consuetudinario” y la “Introducción a la revolución española”. Son los tiempos en que apuesta por la necesidad de un gobierno temporal con autoridad absoluta para poner en marcha su programa de regeneración nacional. Profesor de la Institución Libre de Enseñanza, abogado en ejercicio y notario después, a partir de 1886 se convierte al africanismo y sueña con el papel de España en ese continente, dedicando buena parte de sus energías a los estudios geográficos. Dirige la “Revista de Geografía Comercial”, funda la sociedad de Africanistas y la de Geografía Comercial y dirige cinco expediciones al Gran Continente.

Costa espera su oportunidad para implantar su inmenso plan de reformas, para lo que cuenta ya con la idea de Europa. Así, en el año 1900 publica su programa para un partido nacional que lleva el titulo “Reconstitución y europeización de España”. Todo un sueño europeo de España.

 

Escultura en Zaragoza de Joaquín Costa.

 

Porque su auténtica pasión política es la profunda reforma del país, y esta hace necesario el enfrentamiento de Costa con el caciquismo. A don Joaquín le estorba esa maraña invisible y todopoderosa que es la auténtica estructura de poder que rige la España de la restauración. Pequeños caciques de pueblo que sostienen a otros más grandes y así́ sucesivamente hasta paralizar todo progreso. En sus propias palabras, el Hambre no es ni republicana ni monárquica. Pero el caciquismo segó la hierba bajo los pies de Costa, y su partido, la Unión Nacional, fracasó. Como posteriormente fracasaron todos los intentos políticos de hacer la reforma desde arriba.

A finales de 1904, sintiéndose enfermo y cansado de clamar en el desierto, se recluye en Graus. Aún hará́ alguna salida para pronunciar un discurso, pues perdida la esperanza de la construcción regeneradora, es la denuncia de los políticos entregados al pillaje de España su última tarea. Y como cuenta su biógrafo Ciges, era tal la fascinación que ejercía el orador Costa sobre el auditorio, que al levantar el puño lo creían armado de una espada invisible, y cuando lo descargaba, los oyentes doblaban inconscientemente la cabeza para eludir el golpe. Costa había reconocido su fracaso personal, el fracaso de la República y el fracaso de España y, sabedor de que había estado persiguiendo la utopía de la modernidad, ya nada esperaba. Pero cuando hacia uso de la palabra seguía siendo un león.

Su último zarpazo magistral lo propinó contra la ley de orden público de 1904 que ya había sido aprobada por el Senado. Pronunció tal discurso en el Congreso contra aquella ley, que ya no hubo ni necesidad de debatirla. La había fulminado en un breve y contundente alegato: “Guinea, con sus tribus neolíticas… es una dependencia de España, pero con este proyecto de represión España se convierte en una dependencia moral de Guinea”.

A lo largo de su vida, Costa pasó hambre, fue retado a duelo, procesado, difamado y hasta miserablemente tentado con el señuelo del poder. Pero no fue ignorado. Cuando muere en Graus en una helada mañana de febrero, España entera se conmociona y el gobierno ordena el traslado de sus restos a Madrid para su inhumación en el panteón de la Real Casa. Pero sus paisanos no están dispuestos a que el convoy pase de Zaragoza. Miles de personas toman la estación al asalto; la fuerza pública interviene y hay heridos, pero la gente se sienta en la vía impidiendo el paso del tren. El gobierno cede y Costa se queda en Zaragoza. Miles de personas desfilaran ante su féretro.

 

Panteón de Joaquín Costa en el cementerio de Torrero de Zaragoza.

 

¿Fracasado? Todavía hay quien insiste que a este primer regeneracionista del 98 que invirtió tanta energía como escasa salud hay que otorgarle al mismo tiempo dos extraños títulos: el de León de Graus y el de El Gran Fracasado. Lo primero lo fue; lo segundo, no. El año 1998 será una magnífica oportunidad para recuperar la figura de aquel gigante que bajó de las montañas para hacernos soñar con un país moderno habitado por ciudadanos europeos mirando hacia el futuro. Cien años después, en ello estamos.

Gracias, Costa.

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